Mini relato: Conversaciones estúpidas

Mini relato: Conversaciones estúpidas

Hola taconer@s,

Hoy es viernes pero en vez de una reflexión loca, os traigo un mini relato que tenía escrito en una libreta olvidada y que me he animado a trascribir hoy para vosotros.

Un besito,

Mari B Santana

‘Le dedico una sonrisa irónica al Sr. Román y me giro hacia el espejo del ascensor para retocar mi pintalabios color cereza y así también huir o al menos intentar repeler el olor a rancio de mi adorable vecino. En los ocho años que llevo viviendo en este edificio, mis conversaciones/monólogos con el Sr. Román (con quien casualmente coincido mucho en las zonas comunes del edificio) siempre han sido ‘Parece que va a llover’ o ‘Hay que ver qué calor que está haciendo’. Rara vez se le escucha quejarse por el frío porque estamos en una ciudad con clima bastante tropical.

Pues bien, cuando voy en el metro camino del trabajo, una mujer regordeta de unos cincuenta años se planta a mi lado, me mira con una sonrisilla simpática y me pregunta:  ’¿Lloverá hoy?’ ¿Enserio? Ya empiezo a sospechar que la gente confunde mi cara redonda con una bola de cristal y que sonríen frente a ella a ver si les da la predicción del tiempo o de su futuro amoroso (en el caso de mi amiga Sofía).

No entiendo por qué la gente no podemos resistirnos a sacar temas estúpidos de conversación cuando estamos en ascensores, espacios reducidos o situaciones incómodas. Anda que no habrán temas de los que hablar pero no, nos empecinamos en hablar de sol y nubes con gente desconocida cuando lo mejor que podríamos hacer en muchos de esos casos es estar callados.

Y ya ni qué decir de las conversaciones que tenemos cuando estamos nerviosas en una cita con un maromo al que estamos deseando meter en cama, pero en vez de eso, no hacemos más que vomitar palabras sin sentido; por lo menos en mi caso que he llegado a hablar sobre el precio de los limones o sobre salones en los que hacerse la manicura a varios tipos buenorros mientras mis bragas luchaban por salirse de mis pantalones y meterse corriendo en el bolsillo del chico en cuestión.

Así que, después de darle muchas vueltas de camino al trabajo, he llegado a la conclusión de que es mejor tener la boca cerrada si no tienes nada útil que decir porque puede que a tu interlocutor no le importe una mierda el tiempo que va a hacer o dónde te haces la manicura porque lo que está pensando es en meterte la lengua hasta la campanilla (bueno, en el caso del Sr. Román no tengo el mínimo interés en acercarme ni siquiera para tocarlo con un palo).

Fatalidades del destino (o karma) hacen que a sólo diez metros de alcanzar la puerta del edificio de oficinas donde trabajo, comience a diluviar (sin preaviso) dejando inservible mi atuendo perfecto para la reunión de hoy con el director de recursos humanos (empotrador nato) y haciendo que la teoría sobre las conversaciones estúpidas se pasee en bragas por mi mente con cara de ‘ya te lo avisaron’.’

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